OUAMUAMUA, MUÁ Y MUÁ

oumuamuaQue la Tierra es un valle de lágrimas, de un modo u otro, lo han afirmado todas las religiones del mundo. Los filósofos tampoco han sido especialmente proclives a pensar que es un paraíso. Los científicos son como tuertos. Con un ojo ven lo bueno que han de lograr para el futuro y con el otro no alcanzan a ver el otro lado de la moneda de cuanto  mejoran. Pero nadie desconoce que en cada rincón de la vida nos acechan calamidades. Sabemos que nuestro final ineludible es la muerte. Sólo confiamos en retrasarla, pero hay que estar fuera de la realidad o muy distraído viendo concursos de televisión o cazando gamusinos para negar que todo individuo se encamina a su Estación Terminus. A veces la llegada se produce en masa.

Cuanto nos rodea es un campo minado que nos obliga a proyectar nuestras fantasías y deseos en el lugar menos poblado que el nuestro: el cielo. Esperamos de él, incluso, que sea capaz de satisfacer nuestros sueños más triviales. Para algo están las estrellas fugaces.

En octubre del 2017 varios telescopios detectaron un cuerpo inquietante que resultó provenir más allá del Sistema Solar. Uno de los primeros observatorios entregados a su estudio, el de Hawai, tuvo el honor de ponerle nombre, que resultó ser “Oumuamua” que, en hawaiano, significa “El mensajero que primero llega de lejos”. Hubo dudas acerca de si era un asteroide o un cometa, pero lo que ningún científico negó es que fuera como los demás. Tanto su forma como su comportamiento llevó  a los astrónomos de Harvard a proclamar textualmente: “Pudiera tratarse de una sonda totalmente operacional enviada de manera intencional a las proximidades de la Tierra por una civilización alienígena”. Un astrónomo justificó la sospecha basándose en  una frase nada menos que del inspector Sherlock Holmes: “Cuando eliminamos toda solución lógica a un problema, lo lógico, aunque parezca imposible, es invariablemente lo cierto”. Los escritores se han inspirado desde principios del Siglo XX en los descubrimientos de la Ciencia para escribir relatos de Ciencia Ficción. Ahora son los científicos los que se adentran en la mente fantástica de los literatos intentando dar una explicación respecto a lo que de momento no logran comprender y olvidando que el método científico obliga a la discreción y a no formular conclusiones hasta tener una prueba fehaciente. Otra cosa es jugar con hipótesis que puedan mostrar indicios capaces de conducir a la certeza plena.

Lo que sucede es que nos apremia la llegada de algo bueno que venga de lejos olvidando que de lejos llegó a Europa, por ejemplo, la peste negra. La razón de poner la esperanza en la lejanía se debe a que lo cercano, salvo pequeños momentos celestiales, se parece cada vez más a la descripción del limbo que, para colmo, comienza a oler a azufre como sucede en la Tierra a pasos de gigante. El escape creciente de azufre lo comprobamos a diario. Los gobiernos desean que seamos ganado a estabular y  sin derecho a decir palabra. El mejor amigo nos puede introducir una pizca de kriptonita en nuestro zumo de piña. En cambio, Ouamuamua es silencioso y enigmático como los sabios gimnosofistas que llegaron de la India a Grecia de la mano de Alejandro Magno. Por si fuera poco, sus dos últimas sílabas se asemejan al delicado susurro de dos besitos: muá, muá. Siendo así, todo nos conduce a creer que del cielo acude Ouamuamua como un ente francamente positivo. Necesitamos un cebo nuevo de vez en cuando para desempolvar el ánimo y continuar pululando a lo largo del valle de lágrimas con anhelos vivificados. Podemos imaginar que Ouamuamua es un Black Friday permanente que viene de visita para darnos lo que la cercanía nos niega. o nos concede sólo un día al año.

Magritte pintó un hermoso cuadro donde surcando un cielo azul transita una flotilla de barras de pan cuya forma nos recuerda un comando salvífico de Ouamuamuas. Durante las guerras, cuando el hambre muerde las tripas, dirigimos la mirada al cielo pidiendo ayuda para sobrevivir. Magritte no atisbó en el cielo “Ouamuamas”, sino doradas y crujientes barras de pan elaboradas la noche anterior por el modesto panadero de la esquina. El hambre y las carencias generan espejismos metafísicos cuando miramos el cielo. En el caso del cuadro de Magritte, tanto Sherlock Holmes como los astrónomos de Harvard saben que esos panes son la vida. No acudo, obviamente, a la simbología cristiana, sólo quiero remarcar que ignoro si Ouamuamua nos trae una vida superior o es un pecio cósmico que viene de lo más lejano expatriado por delincuente, caminito de la Tierra como resultado de una sentencia feroz. O si, con mayor pragmatismo, para lograr entenderlo, debemos apelar a la “Navaja de Ockam” y aceptar que no es más que otro cuerpo celeste al pairo, impulsado azarosamente por vientos solares, oleajes electromagnéticos o vaya usted a saber qué.

Para finalizar, una pregunta: ¿Oteaban el cielo los dinosaurios pidiendo algún deseo cuando cayó el inmenso meteorito que los exterminó?

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