El delicioso horror de los misioneros John

La masacre del llorado misionero
“La masacre del llorado misionero John William (1841”)

El escritor y estudioso Santiago Beruete nos brinda al inicio de su exquisito y recomendable libro “Jardinosofía” una serie de citas muy convenientes para dar pie al comentario de una noticia actual  que motiva la escritura de este post. Usemos dichas citas a modo de preámbulo.

El autor de “Jardinosofía”, a caballo de los comentarios de dos humanistas italianos del siglo XVI, Bartolomé Taegio y Jacobo Bonfadio, nos informa que estos identificaban al territorio salvaje, intocado por el hombre, puro y virginal (desiertos, montañas, océanos etc.) con la denominación de “primera naturaleza”. Corresponde a la “segunda naturaleza”, el paisaje, el campo, la campiña, las tierras de labor, todo ello fruto de la naturaleza humana. Más tarde añade que Gilles Clément afirmó: “Este planeta está enteramente antropizado, porque el hombre ha explorado casi toda la superficie de la tierra. El territorio del jardinero “tercera naturaleza” se ha agrandado hasta convertirse en todo el planeta.” Finalmente comenta el autor haciendo la diferencia entre lo bello, propio de la “segunda naturaleza” y lo sublime asociado a la “primera naturaleza”. “Si lo bello proporciona placer, lo sublime procura -en palabras de Edmun Burke- una especie de horror delicioso.

Nos referiremos ahora a dos vida paralelas. La de dos misioneros que participaron de la misma experiencia en tiempos diferentes. Ambos se llamaban John. El nombre completo del primero era John William, inglés miembro de una Iglesia Cristiana. Deseando salvar de la condenación a  los aborígenes de una isla llamada Erromanga, en el océano Pacífico Sur, fue recibido de forma tan amable que lo echaron por donde vino; las aguas saladas, a modo de un  bautismo negro y fragoso para andar protegido a través de la ignota región de la muerte. Coherentemente, Lo restituyeron al mar primigenio, de un modo también primordial; a leñazo limpio. La imagen que corona este texto bajo el título ilustra  elocuentemente el instante. Algo de lo que dijo John William les estorbó. Puede que algún mensaje del misionero sobrara para su mundo. Quizá cometió un desatino civilizado que le costó regresar  al seno de “su Padre que está en los cielos”. Digo “su”, ya que el “nuestro”, obviamente, no tuvieron a bien compartirlo la inhóspita grey de “primera naturaleza”. Comprendemos entonces por qué la delicia de lo virginal y de lo intocable se convierte en horror, por suponer, asimismo, un desamparo frente al confort material y a los logros de la oratoria o la verborrea, recursos sociales de los que muchos han sobrevivido y algunos, bien vivido.

Más o menos doscientos cincuenta años después, el 17 de noviembre del 2018, un joven advenedizo recién introducido en un grupo cristiano protestante decidió convertirse en misionero por propia cuenta sin estar ordenado. A John Allen Chau Chau, así se llamaba el audaz soldado de Dios, no se le ocurrió nada mejor que, pese a estar prohibido, viajar  hasta una remota isla poblada por aborígenes ubicada en el remoto archipiélago de Andamán, en el mar índico. Unos pescadores accedieron a dejarle a cierta distancia de la isla, pues no existe medio alguno de llegar hasta ella. Supongo que John Chau Chau debió ver la mano de Dios apoyando su misión cuando le puso a su alcance unos pescadores como lo fueron los apóstoles Pedro, Andrés, Santiago y Juan a quien Jesús consideraba “pescadores de hombres”. Tras nadar hasta la isla, poco después, los pescadores pudieron atisbar desde lejos que John regresaba rápidamente a nado bajo una lluvia de flechas, lleno de arañazos. Lástima: Jesús alabó la pesca de humanos, pero no mencionó la caza de apóstoles, si bien, a punto de salir al mundo para evangelizarlo les advirtió claramente: “Os envío como a ovejas en medio de lobos: sed pues prudentes como serpientes, y sencillos como palomas”. John,  no debió estudiar el alcance de las agudas palabras del Maestro, o era muy olvidadizo ya que, cabezón perdido y tal vez avivado por el delicioso horror recién pasado , tras abordar el barco de pescadores y darse un respiro, decidió regresar de nuevo a la isla para realizar la “pesca milagrosa”.

Poco después su cadáver fue encontrado flotando a la deriva en las aguas confirmando que su vida fue paralela a la de John William.

Por muy John que se llamase no fue como el apóstol Juan (otro John) que, al decir de las crónicas cristianas, fue condenado a sufrir el martirio en el interior de una marmita llena de aceite hirviendo donde, nada más introducir un pie en el recipiente, el aceite se enfrió de súbito. Ante el prodigio atestiguado por una multitud, el emperador Domiciano hábilmente optó por dejarle en libertad. Tal milagro le ocurrió al apóstol predilecto de Jesús, pero no está al alcance de un diletante religioso que osó burlar las fuerzas primigenias de la “primera naturaleza” tratándola como si fuera un parque de suburbio y los aborígenes unos niños jugando al balón en vez de lanzar flechas letales.

Los dos John, antes de viajar a tierras vírgenes con la intención de salvar almas para el cielo (o para aumentar el censo de sus Iglesias), les hubiera convenido seguir el ejemplo de los grandes místicos. Mujeres y hombres sensatos que, antes de convencer a los demás de palabra, prefirieron o prefieren aún, en primer lugar,  experimentar lo “Divino” en sí mismos, fecundados por la oración e impulsados hacia lo alto gracias al silencio santo propio de un “Pasadiso claustralis”. Allí se puede pasear, breviario en mano, en su recoleto jardín central sembrado de árboles frutales que no inspiran un delicioso terror, sino una dulce y placentera belleza.

Estados Unidos vive una fiebre misionera toda vez que la Iglesia Católica, actualmente, parece estar entretenida en muchos países con cuestiones… menores. Entretanto, los misioneros mormones suman casi 66.000 en todo el mundo y a lo largo de su historia dicha iglesia ha enviado más de un millón de misioneros. En 2017, por su parte, la Iglesia de L.D.S (han leído bien, el orden de las letras es correcto en inglés) se trata   del acrónimo de: The Churh of Jesús Christ of latter-day Saints, informa que sus misioneros bautizaron a 233.729 nuevos conversos.

El mejor resumen tras la muerte de John Chau Chau lo hizo, a mi parecer,  Caitlin Lowerin quien afirmó: “Yo fui misionera”. “Pensaba que estaba haciendo el trabajo de Dios. Pero si soy honesta, estaba haciendo un trabajo que me hacía sentir bien”.

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Martirio fallido de San Juan evangelista

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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