VENUS Y EL PROFANADOR DE TUMBAS Relato breve

Th.Chasseriau, Venus Anadyomene -  - Theodore Chasseriau, Venus Anadyomene
AFRODITA, VENUS ROMANA, NACIDA DE LA ESPUMA DEL MAR

Cuando supe que el Presidente del Gobierno de España, un tal Pedro Sánchez, pretendía sacar de su tumba al General Franco me estremecí. Todos los sabemos, España sufrió una guerra civil simétrica en número y en arrojo de combatientes entre dos bandos, hace ya ochenta años. Pero el Presidente, un joven de cuarenta años, sigue enredado en ella haciendo bueno el dicho: “La guerra es apasionante para el que no la ha sufrido”.

La bravata de sacar al General vencedor de su tumba me pareció el reto de un pelele. Una demostración de  mentalidad infantil y de extremado complejo de inferioridad.

Con la Constitución de 1978 ambos bandos sellaron la Concordia. Jamás nadie del bando nacional  pretendió, ni en el siglo XX ni en el XXI , bajo ningún pretexto, exhumar a sus enemigos de guerra más destacados. Jamás.

El Presidente de Gobierno de cara picoteada ignora que al desear exhumar a Franco, pese a ser un acto propagandístico, muestra también el trasfondo macabro de su apeada mente, al igual que la de algunos de sus cercanos socios con aspecto de villanos de la baja corte prestos a robar un pan al primer ciego que se cruce a su paso. Actos lóbregos como un desenterramiento sin sentido sólo es el fruto de enfermos mentales sin diagnosticar, lo que los hace parecer normales. Necrófilos que sólo generan odio hacia los que no piensan como ellos, es decir, la gente sana.

Ante este cuadro confuso deseé obtener una explicación más allá de la psicología acerca de los nuevos asaltadores de tumbas en el poder y me dirigí al profesor Pierre Latour, personaje siempre capaz de dar un paso más allá de los comentarios psicológicos al uso, por ser experto en adentrarse en terrenos ignotos para la mayoría de los especialistas. Para ello se basa en un conocimiento secreto que él denomina con la mayor naturalidad, aunque siempre con leve ironía, “La técnicas del S.U.I.”, siglas correspondientes a “Sit umbra es ignorantes” que en español significa “La Luz es la sombra de los ignorantes”. Y puntualiza: “naturalmente, conviene saber qué clase de luz es aquella que es sombra para los ignorantes.”

Cuando se le pregunta sobre este desconcertante conocimiento calla o comenta impávido que se trata de un secreto que le reveló una náyade enamorada de un pescador de perlas que se adentró en la desembocadura donde confluyen el Éufrates y el Tigris. De cómo el pescador de perlas  traspasó la Enseñanza a Monsieur Latour  jamás se pronunció al respecto limitándose a poner el dedo índice de la mano derecha sobre sus labios del mismo modo que el dios griego Harpócrates…  Monsieur Latour tiene un extraño sentido del humor.

Adentrándose en el tema de mi consulta añadió: “A primera vista, el Presidente del Gobierno español no parece un loco ni un “sans culottes” -y prosiguió- he ahondado por mi cuenta en esta reacción mórbida respecto a la exhumación del cadáver de Franco y vaticino un desenlace final muy lúgubre para el Presidente. Lo he captado por  las vía del “S.U.I.”  Escúchame bien -añadió- antes de llegar al epílogo de mi argumentación: es absolutamente necesario, antes, que haga un breve circunloquio para llegar a él.”

Monsieur Pierre Latour tomó asiento y, mientras me indicaba que yo también lo hiciera, mirando al techo comenzó a lanzar preguntas al aire. No ignoraba que para llegar al final tendría que atender a razonamientos poco comunes a los que ya estaba acostumbrado….

Comenzó:

“¿Alguien puede asegurarme en qué espacio se producen los sueños? ¿En qué lugar se originan si cuando nos despertamos no vemos más que una cama como escenario posible de un mundo que apareció y desapareció, muy ajeno al cotidiano?

Que nadie me diga que el lugar del suceso onírico acontece en su cerebro. Tal afirmación equivale a asegurar que la música que se reproduce en un receptor de radio está interpretada por enanitos que se encuentran en su interior. En todo caso, lo admitimos, el cerebro es el instrumento necesario para que se pueda manifestar cualquier escenario desconocido en nuestra psique. A través de un piano escuchamos una melodía, pero el piano no la ha compuesto. .

¿Revoloteaban entes invisibles en torno a su almohada siendo usted ajeno a ellos hasta que el  sueño le vence para dar paso a otro marco de existencia repleto de entes desconocidos? Una  respuesta lata respecto a preguntas de esta naturaleza suele ser, eso, una lata de respuesta. Se suele abandonar el meollo del asunto con desdén en vez de hacer el intento de un detallado examen nada baladí. Salvo ciertas escuelas orientales, en Occidente se deja pasar por alto los sueños teniéndolos por poco más que versos sueltos del pensamiento que se van de parranda algunas noches ajenos a nuestras responsabilidades cotidianas. Espejismos que tiran por la borda la razón sacándole la lengua al libre albedrío. Freud intentó hacer de esta fantasmagoría todo un mundillo supuestamente científico, lógico a su manera, siguiendo la pista de las obsesiones sexuales de la época… y de las suyas.

Podemos soñar cosas espantosas, situaciones laberínticas inimaginables, peligrosamente gratas o repugnantemente deleznables. Declararemos entonces que los sueños son territorios extranjeros aunque inexplicablemente exentos de un pasaporte expendido en nuestro terruño. ¿Por qué no hay, entre nuestra patria más o menos bien ordenada y la del universo nocturno y delirante, ni fronteras ni aduaneros? ¿Por qué tanta inconsistencia entre mundos que parecen separados pero que, sin el concurso de la vigilia, se deslizan a la menor cabezada por los páramos del infinito como si tal cosa? Quizá consideremos estas intrusiones como “nuestro extranjero”, algazaras donde se ejerce el contrabando de información del más allá al que de habitual no tenemos acceso. Asimismo, hay almas contundentemente metafísicas a las que les duele la dureza del piso terráqueo y que no soportan más su reclusión sin fugarse de cuando en cuando, con nocturnidad y alevosía, de su alcoba para llenarse los ojos de estrellas y deslumbres propios de dimensiones inexploradas.

Aunque jamás escaparemos de nosotros mismos porque, soñar, sea quienes sean los personajes soñados, todos se fraguan en nuestra mente en el mismo escenario donde han de actuar, del mismo modo que una compañía de teatro sirve para recrear el mundo de un solo autor para crear tramas dentro de escenografías variadas. En nuestros sueños hasta lo más ajeno y repugnante es de nuestra exclusiva propiedad (ni el Ministerio de Hacienda puede intervenir) . Nadie se cuela en nuestra mente como sucede en las leyendas aunque pueda parecer un trato de brujas conveniente para descargar nuestra memoria de eventos pasados onerosos. La persona que nos aterroriza en un sueño, es nosotros con otro rostro. Del mismo modo,  si deseamos una persona, no es otra que nosotros que en el sueño la creemos separada hasta el punto de poder mantener un diálogo encendido con ella. Se asemeja esta paradoja a un baile de máscaras en una gran sala de espejos donde hay cientos de personas reflejadas, pero un solo observador de todos los reflejados que no son otros que él propio soñador multiplicado por sí. Esta evidencia es tan inquietante que, por fuerza, tenemos que minimizar nuestras enajenaciones nocturnas para que, al día siguiente, no se agite demasiado el núcleo central de nuestra mente salvaje rediviva y urja que retorne a su estado habitual para lo cual es necesario transitar recorridos muy trillados pensando bobaditas, canturreando, repitiendo verdades de Perogrullo que aportan seguridad y recordando anécdotas gratas que nos vienen a la cabeza de forma arbitraria.

Hay en nosotros una región despiadadamente carnicera, al igual que un territorio Santo donde vive en su Trono de luz el Verdadero Yo Oculto. Estas interminables topografías las llevamos siempre a cuestas, no lo ignoramos. Llamémoslas Cielo o infierno.  Llevamos un infierno portátil (como denominaba Quevedo a determinadas esposas). También cargamos con un cielo trasportable. El infierno, por lógica, es más temido por estar trufado de creencias culturales amedrentadoras, escrúpulos sociales, pavores religiosos, miedos infantiles, leyendas temibles, mundos distópicos (catastróficos) etc.,  que intentamos negar pensando ingenuamente que  poseemos el plano arquitectónico perfecto de la Realidad Universal. Hasta que reposamos la cabeza en la almohada, perdemos del todo el oremus y se abre en nuestro cielo la carpa de un circo estelar con millones de pistas cuajadas de números circenses incomprensibles ajenos a la geometría y a la matemática más abstrusa. Un circo poblado por seres carentes del tranquilizante principio de homología. Con ojos en los pies y manos a modo de orejas. Así queda al desnudo el escenario de donde han de brotar los mayores portentos dramáticos en miríadas de universos personales y sus concomitancias. También surgen en las pistas circenses paraísos, ángeles y toda suerte de seres divinos. Pasearemos  de la mano de Brahma o de Abraham. Pero en todos los casos deberemos aceptar que tales lugares no existen propiamente dicho. Son a-topos (no-lugares);  también  heterotópos (lugares donde conviven escenarios distintos entremezclados). Puntos de encuentro sin rosa de los vientos, calendarios ni relojes donde todas las citas son a ciegas.

Ahora bien,  existe otra característica ligada al tiempo. Los sueños se burlan del tic tac del devenir. También del orden cronológico y por tanto de todas las encrucijadas  de la Historia. En un solo espacio pueden convivir instantes y épocas distintas. En la misma mesa  pueden cenar Julio César, Scarlett Johanson, Velázquez, las Meninas, personajes de ficción y también usted. El “usted” que a su vez es todos; la troupe que ha brotado y se ha organizado sin ensayos previos en su Conciencia cuando al replegarse del mundo de la vigilia se ovilló en un universo infinito que no cabe en la punta de un alfiler.

En un sueño la decoración puede ser, por ejemplo, una basílica cristiana. Por la parte oriental de la estancia divisamos un ventanal que nos muestra los picos helados del Monte Kailás mientras que por la parte occidental está instalada una cuadra para cebras africanas. A través de una puerta de oro entreabierta penetra el Sol de la Provenza iluminando manzanas del jardín de las Hespérides junto a la daga sangrante de Brutus, sentado al lado de su padre César ajeno a la traición letal que le aguarda. El universo de los sueños, concerniendo al tiempo, supera al concepto temporal de Einstein. En el del físico alemán  conviven una infinidad de tiempos diversos simultáneamente, mientras que en el de los sueños existe la posibilidad de que se den retornos al pasado por agujeros de gusano o túneles excavados por conejos gigantes, autopistas de doble sentido techadas por la bóveda formada por higueras sagradas bajo las cuales caminan enjaezados elefantes en fila cogido el rabo del primero por la trompa del que le sigue sin que se rompa la interminable cadena a través de eones.

El futuro suele ser recordado por los niños que lo narran a sus abuelas a la luz de la lumbre de un invierno global a la espera de una primavera cubierta de palmas por doquier. Las distorsiones son como tornillos atornillándose a sí mismos. Podemos nacer antes que un ancestro. La flecha del tiempo deja de ser unidireccional. Pasado, presente y futuro cambian su orden como los naipes de un juego carente de reglas ni finalidad. Convive el Todo comprimido como un rollo de película sin que los fotogramas colindantes guarden relación entre sí ni con el orden lineal de la historia. Ante la pantalla creemos ver por primera vez la escena que otros ya han visto años atrás. El presente es una trampa porque todo ha concluido.

El tiempo de la vigilia es un apaño para que todo parezca ordenado acorde a nuestra indigencia intelectual carente aún de un órgano apto para comprender sin dificultades lo que, por algún motivo, de momento, no nos es dado saber con desahogo. Puede que la salida del Edén sea una gran metáfora, pero no es ninguna fantasía arcaica. Precisamos de un inmensa articulación explicativa a la medida de nuestra lógica para  asumir como real el mundo que pisamos sin perder la cabeza y así poder plantar cebollas cuando es tiempo de plantar cebollas. Demandamos una estrella que nos indique el camino de retorno a casa sin que cambie de posición durante siglos. Un cielo nocturno en altamar nos deja desamparados.

El caos es un personaje al que le gusta jugar al escondite con nosotros para que nos mantengamos ordenados.

…He necesitado todo este preámbulo para explicar que ayer tuve un sueño. Nada que ver con Martin Luther King que utilizó, como muchas personas, el término sueño como sinónimo de anhelo. Peligroso error gramatical. Mi sueño no ocurría en ninguna parte, aunque siendo amplio el espacio soñado no rebasó, como ya mencioné, el perímetro de mi almohada. Como todos, tuvo lugar en una cristalina realidad atópica, heterotópica y heterocrónica.

El autor, es decir, mi Yo Oculto, quiso que los comediantes nos diéramos cita en una basílica cristiana. Presentes estábamos la diosa griega Venus, un joven político morboso presuntuoso y  vengativo  de los primeros años del siglo XXI, un cadáver y yo: el  testigo.

En el centro de la basílica, en su parte central, podía verse una losa de mármol que cubría una tumba. Un hombre moreno de cutis arratonado y de notable altura, nervioso, revisaba unas herramientas que le habían dejado a un lado de la losa. Comenzó a hablar en voz baja: ” Espero que no hayan arrebatado el cadáver de este maldito General  para que yo no pueda sacarle con el fin de enterrarlo en un lugar tan ominoso como él. Debo comprobarlo por mi mismo”. Con la ayuda de una palanca desplazó la fosa. A continuación deslizó una escalera iluminándose con la tenue luz de una lucerna. Tenía medio cuerpo en el interior cuando, de pronto, de uno de los cuadros que representaba a Venus Anadiómena, esta salió de la pintura, adquirió tres dimensiones y, deslumbrante, se acercó hacia el joven. Rezumaba agua de mar por todo su cuerpo desnudo y deslumbrante: “¿Quién eres?”  preguntó el joven anonadado por la presencia. Susurrando respondió: “Soy Afrodita, los romanos me conocen con el nombre de Venus. Me representan saliendo de la espuma del mar que no es más que la mezcla del esperma de mi padre, Ouranos, dios del Cielo, con el batir de las olas. Soy la diosa del amor, por tanto, del impulso hacia la progenie. Soy la Vida. ¿Acaso no has advertido que los niños emergen humectados del vientre de su madre desnudos como yo y viendo la luz por vez primera?” El joven guardó silencio. Venus continuó: “Me denominan Anadiómeda, que significa “bañada” o “nacida de las aguas”. Advierto que soy tu ser inverso. Desciendes hacia una tumba oscura, la muerte, para reunirte con un cadáver de un enemigo al que odias, cualidad contraria al amor que represento.” El joven miró hacia el interior de la tumba como si le cansaran las explicaciones por su premura y comenzó a descender por la escalera. Cuando desapareció en la oscuridad, acudió un monje tibetano inesperadamente y, tras empujar la escalera, el joven de cutis carcomido cayó lanzando un grito mientras que el monje, tomando la palanca entre sus manos, volvió a encajar la losa en su sitio. El monje desapareció repitiendo un mantra. Una vez fuera de la estancia se hizo el silencio mientras comenzaba a caer la noche. Venus Anadiómedia pegó un oído a la losa y creyó escuchar unos alaridos similares a los de un animal caído en una trampa. Sin necesidad de la palanca, la diosa, empujando la losa tan solo con la punta de su dedo índice dejó entreabierta una ranura. La poca luz que dejaba ver el interior le mostró al joven, ahora vestido con traje del siglo XXI. Se movía enloquecido. sus brazos se habían roto con la caída. Los huesos salían entre las telas. Su rostro era la pura imagen del terror. Lloriqueaba. Con espanto gritó: “Por favor, sácame de aquí, estoy sumido en la oscuridad total junto al cadáver del hombre que más odio. Estoy maltrecho, herido, creo que voy a morir. Te lo suplico. Sácame de este infierno”. Venus respondió: “Tú querías sacar de su tumba al jefe guerrero que te venció. ¿Por qué voy a querer sacarte yo de ella? Me temo que tú, un joven viviente, has intentado vencer a un cadáver enemigo en su propia  tumba, que para todos es lugar sagrado. Recuerda los fastuosos honores que Alejandro rindió a su enemigo Darío tras vencerlo. Esta comparación me da la medida de tu cobardía. Más justo me parece que compartas con tu enemigo, en su tumba, los días que te quedan de vida para tras morir de hambre y hacer juntos el largo viaje de la muerte. Un cadáver es inmune a la compañía de un vivo. Para un viviente, en cambio, la compañía de un difunto en un lugar lóbrego y cerrado, te lo aseguro, es el infierno.” El joven, vestido de traje y corbata, ahora ornamentado con unas gafas ahumadas  propias de pasajeros de avión para mirar por la ventanilla, imploró: “Si no me sacas, me volveré loco. Aquí abajo existe un gran estruendo. Los gritos de los heridos de ambos bandos en pleno combate se unen al estruendo de sus cañones, fusiles, granadas,  lamentos de agonía… Para que no enloquezca, te aseguro, por lo menos, ya que eres diosa de la vida y el amor, te imploro que acabes con todo esto.” “En efecto -musitó Venus- esto debe de tener un final de una vez por todas.” Y con brusquedad añadió: “El amor también sabe dar fin a historias indeseables. Cerraré la losa para siempre”. Él, respondió: “Pero, ¿no dices que eres la diosa del amor y de la vida?”. Venus respondió: “¡Tonto! Las locuras que cometes son las desgracias de los demás. ¡Ignorante! También la muerte es otro nacimiento. Los muertos atraviesan la Laguna Estigia para alcanzar la otra orilla donde brilla la luz propia de otra vida. La cruzan humedecidos como yo y sólo cubiertos por un ligerísimo lienzo que deja ver sus carnes macilentas cual si fueran niños recién venidos al mundo sin ropaje alguno. Yo también soy esa vida más allá de esta.” El joven de rostro carcomido, preguntó entre sollozos: “¿Entonces, vas a dejarme en la tumba junto al cadáver de mi enemigo hasta que  muera de inanición?” Venus, lacónicamente, respondió: “¡Sí!” Y añadió: “Tú deseabas sacar el cadáver de la tumba a tu enemigo para llevarlo a un lugar ominoso, y el destino ha querido que tu tumba sea la más ominosa de todas por ser la de tu enemigo más odiado… ¡y con él en su interior! Hágase pues justicia”

Venus regresó al cuadro que la representaba realizando un movimiento inverso al del inicio, de la tumba al lienzo. El monje tibetano retornó para recoger las herramientas del joven y asegurar que la losa estuviera firmemente anclada. Salió del recinto repitiendo su mantra. Este se fue diluyendo conforme su decidor se perdía en estancias contiguas. La sala quedó envuelta en un silencio escalofriante. Un cincel volador grabó en la losa: “El cobarde sólo amenaza cuando está a salvo”.

Monsieur Latour se dirigió de nuevo a mí para hacerme una observación. “Seguro que mi argumentación le habrá parecido retórica y hasta alocada. Pero no se sorprenda cuando, determinado día, coteje el final del Presidente, entonces encontrará raras semejanzas con lo que le he relatado.

Se impuso un largo silencio y Pierre Latour musitó:

“Finalizando el sueño/ensueño, en la superficie de mármol, con las últimas luces del atardecer brillaban pequeñas perlas de espuma de mar.”

 

 

 

 

 

 

 

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